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Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

著者: Juan David Betancur Fernandez
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概要

Este podcast está dedicado a los cuentos, mitos y leyendas del mundo.© 2026 Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda 世界 文学・フィクション 社会科学
エピソード
  • 774. Juya y Mma (Mito Wayuu - Colombia)
    2026/05/13

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    Juan David Betancur Fernandez
    elnarradororal@gmail.com

    Habia una vez en lo que hoy se conoce como la alta guajira en Colombia un ser llado Mma. Mma la tierra primigenia y ella generalmente dejaba que el sol la calentara. En esas épocas la tierra era solamente arena y Mma recibía constantemente la luz del sol. Pero allí se encontraba Mma esperando que algo sucediera que le pudiera cambiar su aridez.. Ella estaba allí, tendida bajo el sol, esperando algo que no sabía nombrar.

    Mientras tanto en lo alto del infinito azul vivía otro dios llamado Juya. Juya era un guerrero de manta blanca y brillante como relámpagos. Juya era además un nomad del cielo ya que siempre se estaba moviendo de un lugar a otro sin nada que lo pudiera detener. Juya estaba pues siempre deambulando siempre con su arco de colores al hombro.

    Un día, Juya miró hacia abajo y vio a Mma. La vio tan digna en su aridez, tan fuerte bajo el sol, que se inmediatamente se enamoró de ella. Entonces, Juya decidió visitarla para expresarle su amor.

    Pero siendo Juya un guerrero debía mostrar poder. Así que No bajó caminando, ¡no! Decidio Bajar con el estruendo de mil tambores para que así la tierra sintiera toda la energía que tenía. A Se puso su armadura de nubes grises y desde lo alto del cielo disparó sus flechas de agua sobre el pecho de Mma. Mma sintió como todo su cuerpo comenzaba a cambiar. La sensación que las flechas de agua le traían era totalmente desconocida pero todo su cuerpo se lleno de alegría. De pronto toda ella era un danza de placer que comenzaba a penetrar su piel.

    Donde caían las huellas de Juya, la tierra empezaba a cantar. De pronto de lo más profundo de su cuerpo comenzaron a salir las semillas que habían estado dormidas por toda la eternidad y su piel comenzó a volverse verde. Igualmente el cactus comenzó a florecer y los pequenos hoyuelos de su piel se llenaron de agua y vida. Los viejos dicen que en ese momento nació la vida en la tierra y los animales surgieron lentamente, hasta que finalmente nacieron los Wayuu

    Pero Juya es un espíritu libre. Él no puede quedarse en un solo lugar. Después de besar a Mma, se colgó su arco siete colores que se ve después de la tormenta— y se marcha a buscar a sus otras mujeres, porque Juya tiene esposas por todas partes, y por eso a veces llueve aquí y allá no y otras veces se demora en volver causando gran pena a los wayuu.

    Mma se queda ahí, guardando la vida que él le dejó, esperando pacientemente a que el trueno le anuncie que su guerrero viajero está por volver. Por eso, cuando los wayuu escuchan que el cielo ruge sobre la península, no tienen miedo porque con toda seguridad es la presencia de Juya que les traerá las lluvias que tanto necesitan. Y ciertamente rápidamente se ve a Juya galopando de nuevo trayendo las gotas de agua que se necesitan para que el desierto no se olvide de cómo es que se florece y se mantiene la vida.

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  • 773. La verdad
    2026/05/11

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    Juan David Betancur Fernandez
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    Había una vez un joven discípulo de un monasterio llamado Kael. Aquel antiguo monasterio era el sitio ideal para el estudio de ya que el silencio era el eterno acompañante. Y solo era interrumpido por el paso del viento entre los pinos. Kael . Tenía un corazón de oro y una honestidad que rayaba en la inocencia y desde que entro en el monasterio había demostrado que su mente era un laberinto de espejos: a veces brillante de claridad, a veces oscurecida por la duda. Sin embargo sabía que en la enorme biblioteca de aquel monasterio estaba la sabiduría de generaciones y generaciones.

    Kael era un incansable devorador de pergaminos. Había estudiado los vedas, los sutras, las meditaciones de los estoicos y los cantos de los místicos. Era versado en las bases de las diferentes religiones y el pensamiento de siglos de filososos. Sin embargo, cuantas más palabras leía, más pequeña se sentía su paz. Se sentía como un náufrago en un océano de conceptos, donde cada ola le gritaba una dirección distinta y cada nueva lectura parecía contradecir la anterior.

    Un atardecer, incapaz de soportar más la tensión entre tantas verdades contradictorias, buscó a su instructor espiritual en el jardín de piedras. El maestro estaba simplemente sentado, observando cómo la luz se retiraba de las montañas sin hacer ningun ruido y solo con su mirada podía transmitir que estaba reflexionando.

    —Maestro —dijo Kael, con la voz entrecortada por la angustia—, mi mente no encuentra descanso. He comparado credos y analizado mil filosofías. He visto que unos dicen "así" y otros dicen "no". Si la Verdad es una sola, como dicen los antiguos, ¿por qué hay tantas religiones? ¿Por qué tantas sendas y doctrinas? ¿No es acaso un exceso innecesario? Es algo que no he podido entender. Entre más conocimiento tengo más dudas y contradicciones llenan mi alma.

    El joven esperaba una explicación teológica larga, una disección de la historia humana o quizá una metáfora sobre los ríos que llegan al mismo mar. El maestro al oír la pregunta no se inmuto y permaneció en silencio como si nada hubiera sucedido. El silencio incomodo se prolongó hasta que el maestro se puso en pie y lo miró con una intensidad que parecía atravesarle los huesos. Por vez primera Kael vio en aquel hombre apasible y sereno una furia interna que no entendía.

    ¡Qué dices, insensato! —tronó el anciano, rompiendo la calma del jardín.

    Kael retrocedió un paso, sorprendido por la firmeza del regaño. El maestro señaló entonces hacia el horizonte, donde las sombras de los árboles eran todas distintas, y sentenció:

    ¿Demasiadas enseñanzas? ¡Al contrario! Todo aquello que tu llamas una enseñanza no es más que el resumen de miles y miles de enseñanzas. Te dejas llevar por las ideas que resumen los grupos de personas. Miralo de una manera diferente Cada hombre es una enseñanza, cada vida es una doctrina. Así que hay infinito numero de enseñanzas como hay infinito numero de personas. Debes tomar lo mejor de cada persona que encuentres y nunca valorar a nadie como el poseedor único de la verdad. Construye tu propia verdad.

    En ese momento, el juego de luces y sombras en la mente de Kael se detuvo. Comprendió que la Verdad no era un libro que se pudiera imprimir en serie, sino un lenguaje que el universo hablaba de forma única a través de cada par de ojos. Y que cada una de las personas aporta algo a esa verdad.

    No había "demasiados caminos" porque no había dos seres iguales. La doctrina no estaba en el pergamino, sino en el latido de quien lo sostenía. Kael cerró su libro de notas, respiró el aire fresco de la tarde y, por primera vez en años, dejó de buscar la Verdad fuera de sí mismo

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  • 772. Sankara y la luz (Leyenda Massai - Kenia)
    2026/05/09

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    Juan David Betancur Fernandez
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    En la tierra de Kenia, donde las vastas sabanas se encuentran con los horizontes infinitos, existió un tiempo en que el mundo estaba envuelto en una oscuridad eterna. El sol, la luna y las estrellas estaban ocultos a la gente, y vivían en miedo y desesperación. Los animales vagaban sin rumbo sin la guía de la luz del día, y las plantas luchaban por crecer sin el toque nutritivo de los rayos del sol.

    En medio de esta oscuridad, un joven guerrero maasai llamado Sankara surgió de una humilde aldea. Poseía un espíritu curioso y un deseo insaciable de desentrañar los misterios del universo. Sankara pasaba sus días observando el mundo natural, estudiando las estrellas y haciendo preguntas a los ancianos. Anhelaba el conocimiento para traer luz a su pueblo, para restaurar la conexión entre los cielos y la tierra.

    Un día, mientras Sankara vagaba por lo más profundo de la vasta naturaleza salvaje, se encontró con un majestuoso y sabio anciano llamado Simba Arati, el guardián león del Gran Valle de la Grieta. Simba Arati era conocido por su profundo conocimiento del cosmos y de los secretos de los cielos. El león saludó a Sankara con una presencia suave pero poderosa, y el joven guerrero sintió una inmediata reverencia.

    "Veo la ardiente curiosidad en tus ojos, joven", dijo Simba Arati con una voz que retumbaba como un trueno lejano. "Dime, ¿por qué te has aventurado en el corazón de la naturaleza?"

    Sankara se inclinó respetuosamente ante el león y respondió: "Gran Simba Arati, busco comprender la oscuridad que envuelve nuestro mundo y los secretos de los cielos. Deseo traer luz y esperanza a mi pueblo que sufre en ausencia del sol, la luna y las estrellas."

    El sabio león asintió con aprobación y habló: "Los cielos una vez estuvieron abiertos para nosotros, y el cielo era un lienzo de colores y brillo. Pero hace mucho tiempo, una gran calamidad cayó sobre nuestro mundo. Los dioses se enfurecieron por la codicia y corrupción del pueblo, y cerraron las puertas del cielo, sumiendo el mundo en la oscuridad."

    Sankara escuchaba atentamente, con el corazón pesado por el peso de esta revelación. "¿Hay alguna forma de restaurar la gracia de los cielos y devolver la luz?" preguntó con esperanza en la voz.

    Simba Arati sonrió y respondió: "En efecto, hay una manera. Pero requerirá un gran sacrificio y una determinación inquebrantable. Para devolver la luz al mundo, debes embarcarte en un peligroso viaje hasta la cima del Monte Kilimanjaro, el techo de África. Allí encontrarás a los espíritus divinos del cielo y suplicarás por su misericordia."

    Decidido a cumplir su misión, Sankara emprendió su viaje hacia el Monte Kilimanjaro. El ascenso fue traicionero, lleno de desafíos y obstáculos diseñados para poner a prueba su determinación. Pero el joven guerrero siguió adelante, impulsado por su determinación de devolver la luz al mundo y traer esperanza a su pueblo.

    Tras días de arduo viaje, Sankara alcanzó la cima nevada del Kilimanjaro, un lugar que tocaba los mismos cielos. Allí se encontró con tres espíritus divinos: Nashipai, el espíritu del sol; Mwezi, el espíritu de la luna; y Nyota, el espíritu de las estrellas. Estos seres etéreos brillaban con un resplandor celestial, y su presencia llenaba a Sankara de asombro y reverencia.

    Sankara se arrodilló ante los espíritus divinos y suplicó por su misericordia. Habló del sufrimiento de su pueblo y de la oscuridad que había asolado la tierra durante generaciones. Compartió su sueño de reavivar la gracia del cielo y restaurar la conexión entre el cielo y la tierra.

    Los espíritus escucharon la sincera súplica de Sankara y se conmovieron por su sinceridad y valentía. Nashipai, el espíritu del

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